La distopía de un mundo sin petróleo

Si el país deja de producir los combustibles y el gas que todavía necesita, tendrá que comprárselos a otros, como viene sucediendo con las crecientes importaciones de gas natural desde diciembre de 2024.

Por: AMYLKAR D. ACOSTA*

El auge de la industria del petróleo estuvo precedido por la primera Revolución Industrial, impulsada por la máquina de vapor y el carbón. Posteriormente, la invención y expansión del motor de combustión interna le abrieron paso al petróleo, que adquirió un protagonismo creciente sin que ello significara la desaparición del carbón. Desde entonces, la historia de la energía ha sido una historia de transformaciones, pero también de coexistencia entre las distintas fuentes.

Conviene recordarlo ahora, cuando con tanta frecuencia se plantea la posibilidad de prescindir del petróleo y del gas natural en un futuro cercano, como si bastara con anunciarlo para hacerlo posible.

Aunque semejante aspiración pueda estar inspirada en un legítimo propósito ambiental, desconoce las realidades tecnológicas, industriales y económicas que sostienen la vida contemporánea. Es iluso creer que podemos prescindir prematuramente del petróleo y es voluntarista pretender que una decisión política puede suplir las alternativas que todavía no están disponibles a la escala requerida.

El petróleo y el gas natural no solo suministran buena parte de la energía que mueve al mundo. También aportan materias primas e insumos para miles de procesos y productos de uso cotidiano y para actividades disímiles de las cuales dependen la salud, la alimentación, la industria y la tecnología. Su presencia se extiende desde los fertilizantes y las fibras sintéticas hasta las pinturas, los detergentes, los empaques y los materiales utilizados en computadores y teléfonos celulares.

En el sector de la salud, sus derivados intervienen en la fabricación de numerosos medicamentos, jeringas, guantes quirúrgicos, prótesis, dispositivos de diagnóstico y otros elementos indispensables para la atención de los pacientes. El principio activo de analgésicos y antiinflamatorios como el paracetamol (acetaminofén), el ibuprofeno y la aspirina (ácido acetilsalicílico), por ejemplo, se obtienen a partir de compuestos petroquímicos.

Por ello, reducir el debate sobre el petróleo al combustible que se quema en el motor de un vehículo es quedarse viendo el árbol e ignorar el bosque. Sustituir un automóvil de combustión interna por uno eléctrico no resuelve, por sí solo, la dependencia de la sociedad respecto de los hidrocarburos.

Paradójicamente, las propias tecnologías llamadas a liderar la transición energética requieren materiales derivados de los hidrocarburos y utilizan combustibles fósiles en distintas etapas de su fabricación, transporte e instalación.

Los paneles solares, las turbinas eólicas y las baterías no aparecen por generación espontánea: detrás de ellos hay minería, procesos industriales, cadenas logísticas e infraestructura.

Durante años, y en determinados usos durante décadas, el mundo seguirá necesitando petróleo y gas natural. Reconocerlo obliga a administrar responsablemente esa dependencia y a trabajar para reducirla. Negarla, en cambio, conduce a formular políticas sobre una realidad imaginaria.

El voluntarismo no produce energía, no fabrica sustitutos ni garantiza el abastecimiento. La historia demuestra que ninguna gran transición energética ha supuesto la desaparición inmediata de la fuente que la precedió. La leña no desapareció con el carbón; el carbón siguió utilizándose con la irrupción del petróleo y el crecimiento de las energías renovables tampoco determina, por sí solo, la desaparición de los hidrocarburos.

Hoy el mundo enfrenta un doble desafío: descarbonizar la economía y garantizar la seguridad energética. Ambos objetivos deben avanzar de la mano. Hay que caminar con los dos pies. Una Transición a tontas y a locas, sin suficiente infraestructura, almacenamiento, redes eléctricas y capacidad de respaldo, puede comprometer la confiabilidad del suministro, encarecer la energía y afectar la competitividad.

La seguridad energética es un pilar esencial de la seguridad nacional. Ningún país puede darse el lujo de comprometer la continuidad del abastecimiento que requieren los hogares, los hospitales, el transporte y el aparato productivo.

La expansión de las fuentes renovables debe acompañarse de sistemas capaces de responder cuando su generación disminuya y de atender aquellos usos que todavía no pueden electrificarse de manera viable.

En Colombia, este debate tiene implicaciones que van mucho más allá del suministro de energía. Los hidrocarburos aportan divisas, ingresos fiscales, regalías y recursos con los cuales se financian programas sociales e inversiones en los territorios. Siguen siendo la principal fuente de financiamiento, no sólo de la Nación sino de las entidades territoriales, que tienen en las regalías su única fuente segura de financiamiento para sus planes de inversión. Es más, la propia transición energética requiere su financiamiento y por ahora el Estado no cuenta con una fuente alterna equiparable a esta.

Renunciar prematuramente a su exploración y producción, sin contar con alternativas capaces de sustituir esos aportes, debilita las finanzas públicas, aumenta la dependencia de las importaciones y agrava el desequilibrio externo.

La demanda interna no desaparece porque se restrinja la oferta nacional. Si el país deja de producir los combustibles y el gas que todavía necesita, tendrá que comprárselos a otros, que es lo que ha venido sucediendo con las crecientes importaciones de gas natural desde diciembre de 2024.

Hay que construir las condiciones para necesitar cada vez menos petróleo. Pretender prescindir de él antes de haberlas construido es confundir los deseos con la realidad. Solo evitando esa confusión impediremos que el ideal de un mundo más sostenible termine convertido en la distopía de un mundo privado de la energía, los materiales y los insumos que todavía sostienen su funcionamiento.

*Exministro de Minas y Energía y miembro de Número de la ACCE.