El
exministro Amilkar Acosta hace un extenso análisis sobre los peligros de recesión
que se ciernen sobre la economía mundial por causa del coronavirus y la guerra
de precios del petróleo, y sus repercusiones en Colombia.
Por:
AMYLKAR ACOSTA MEDINA*
15
de marzo de 2020. El
31 de diciembre pasado las autoridades de la República Popular China admitieron
que en la ciudad Wuhan aparecieron las primeras veintisiete personas
diagnosticadas de padecer el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (COVID-19), causado por un nuevo virus
de la familia de los coronavirus. El contagio con este agente patógeno no se
hizo esperar y se ha venido propagando, al punto que la Organización Mundial de
la Salud (OMS) declaró este brote como pandemia.
Las
medidas extremas a las que recurrido los países, empezando por China,
considerada la fábrica del mundo, ha frenado el ritmo de crecimiento de la
economía global y amenaza con una recesión global. De hecho, la insensata guerra
comercial que el presidente de EE.UU. Donald Trump le declaró al resto del
mundo le había infligido un duro golpe al comercio internacional, afectando de
paso las cadenas de valor, ralentizando el crecimiento de todos los países
involucrados, empezando por sus protagonistas, China y EE.UU., que pasaron de
crecer respectivamente entre el 2018 y el 2019 del 6.6% al 6.1%, el más bajo
registrado desde 1990, y del 2.9% al 2.3%.
Pese
a ello, según el reporte anual de la Organización de las Naciones Unidas (ONU),
se pronosticaba una ligera recuperación del crecimiento de la economía global,
pasando del anémico 2.3% en 2019, el más bajo en una década, al 2.5% en 2020. Pero,
advirtiendo que “la reanudación de los conflictos comerciales, una crisis
financiera o una escalada en las tensiones geopolíticas, podrían obstaculizar
la recuperación, reduciendo el crecimiento a tan sólo 1.8% este año”. Es decir,
que la economía global seguía anclada en la “nueva mediocridad” a la que hacía
referencia la ex directora del FMI Christine Lagarde.
Las
perspectivas de la economía global, entonces, no eran las mejores, al punto que
la nueva directora del FMI Kristalina Gueorguieva, recién elegida en el alto
cargo, afirmó categóricamente que “las señales de alarma están encendidas y
posiblemente muy pronto la situación pondrá a prueba qué tan preparados
estamos”. En su concepto, “la economía mundial se encuentra ahora en un período
de desaceleración sincronizada” en el que las cadenas de suministro están
rotas, averiadas por cuenta de una guerra comercial en la que, como afirma el
FMI “todos pierden”. De hecho, según sus cálculos, las pérdidas en lo que va
corrido de 2020 superarían los US $700.000 millones.
El
economista turco, doctorado en la Universidad de Harvard, célebre por advertir
con dos años de anticipación la crisis financiera de 2008, Nouriel Roubini,
pronostica una nueva recesión en 2020. Él la atribuye a tres posibles shocks de oferta negativos y afirma que
“todos ellos son reflejo de factores políticos que afectan las relaciones
internacionales; dos involucran a China y EEUU está en el centro de cada uno de
ellos. Además, ninguno admite tratamiento con la herramientas tradicionales de
la política macroeconómica anticíclica”. De manera que la economía global venía
transitando por la cornisa de la estagnación, con un alto riesgo de
precipitarse a una prolongada recesión.
Roubini
no está sólo en su vaticinio. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre
Comercio y Desarrollo (UNCTAD) advirtió en septiembre pasado sobre el peligro
de una recesión mundial para 2020. Como quien dice, al finalizar el año
anterior estábamos ad portas de una
nueva recesión, debido a que “las perspectivas de la economía mundial
actualmente se ven envueltas en una densa niebla de tensiones comerciales
internacionales y conflictos geopolíticos”. Los mismos amagos a los que aludía
la directora del FMI
Las
palabras de la directora del FMI fueron premonitorias. Los conflictos
comerciales se reanudaron por la terquedad aragonesa de Trump, por la misma
razón la escalada en las tensiones geopolíticas persisten y a falta de una
crisis financiera sobrevino el COVID-19, que viene haciendo estragos en el
mundo entero. Al fin y al cabo, el flujo y reflujo del comercio y de los
capitales sirven de vasos comunicantes entre las naciones y encauzan el conocido
“efecto mariposa”. De allí que todos los organismos internacionales vienen
revisando a la baja la previsión de crecimiento de la economía: la OCDE prevé
un crecimiento del PIB por debajo del 2.9%, con una pérdida de 0.5 puntos
porcentuales con respecto al 3.4 anterior, por su parte de Economist acaba de bajar su pronóstico del 3% al 2.5% y a 1.9% como
peor escenario.
La
destorcida de los precios del petróleo
Como
suele decirse coloquialmente, no hay
casualidades sino causalidades, y este es el caso. Como era de esperarse,
la demanda de petróleo que venía de capa caída por cuenta de la desaceleración
de la economía global, ahora se reduce aún más como consecuencia de la
parálisis a la que se ha visto abocada la economía global.
Todos
los sectores de la economía se han visto afectados por el COVID-19, el primero de ellos el turismo y su cadena de valor (el
transporte, la hotelería, la gastronomía, el entretenimiento, etc.). Se estima
que el turismo a nivel mundial pierde US $46.000 millones mensuales, lo cual
puede llevar a la quiebra a muchos operadores turísticos y a aquellas empresas
que les prestan servicios.
La
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) más 10 países
productores que se han coaligado con ella, encabezados por Rusia (OPEP+), en vista de la contracción de
la demanda y la irrupción en el mercado petrolero de los EE.UU. como nuevo
jugador, gracias a su revolución del fracking,
con exportaciones del orden de los 3 millones de barriles/día, acordaron desde
2017 reducir la oferta para detener una mayor caída de la que se venía dando a
raíz del débil crecimiento de las economías del orbe. A diciembre de 2017 dicho
recorte voluntario por parte de la OPEP+ era de 1.7 millones de barriles/día.
En
concepto de Wilson Tovar, gerente de investigaciones económicas de Acciones
& Valores, “el mundo ve una demanda de 2.3 millones de barriles menos. Y
esta cifra podría crecer más si otros países se enfrían como China, que pasó de
tener un crecimiento del 6% al 4.5%. Y no hay en el horizonte de corto plazo
una razón por la que la demanda pueda aumentar”.
La
Agencia Internacional de Energía (AIE) había previsto que la demanda de
petróleo en 2020 bajaría alrededor de los 90.000 barriles/día con respecto a
2019, por primera vez desde 2009, situándose por debajo de los 100 millones de
barriles/día, lo que no se veía desde 2008.
A
raíz del devastador efecto del COVID–19
sobre la demanda, Arabia Saudita quiso extender el acuerdo mencionado, que va
hasta el 1º de abril, hasta diciembre de este año, pero Rusia, tercer productor
de crudo después de EE.UU. y Arabia Saudita, se rehusó a ello y ahí fue Troya.
Se desató una guerra de precios: Arabia Saudita anunció que escalaría un 2.5%
su producción hasta los 12.3 millones de barriles/día, 300 mil barriles/día más
y le ofreció descuentos en el precio de venta entre US $6 y US $8 por barril a
sus clientes, al tiempo que Rusia hizo lo propio, elevando su producción hasta
los 11.8 millones, 500 mil barriles/día más de los que venía bombeando. Lo que
aún no se sabe es cómo reaccionarán los EE.UU., primer productor mundial de
crudo con 13.5 millones de barriles/día.
John
Kilduff, de Again Capital, afirma que “los rusos decidieron llevar adelante una
política de tierra arrasada. No ven ninguna razón para sostener a los
productores estadounidenses”. Esta es una pelea de titanes, en la que Arabia
Saudita tiene una espalda más ancha, porque sus costos de extracción de un
barril de crudo es el más bajo del mundo, pero Rusia tiene a su favor que la
economía rusa es más diversificada y menos dependiente del petróleo que la
economía de Arabia Saudita. Además, el precio que tomó como referencia Rusia
para su Presupuesto anual fue de US $42.4 el barril.
En
concepto del analista jefe de mercados de Century Financial con sede en Dubái,
Arun Leslie John, “la guerra del
petróleo entre las dos potencias de Arabia Saudí y Rusia ha provocado una
nueva ´batalla del fin del mundo´ que no es probable que acabe pronto”. Esta
guerra se puede prolongar y los precios del crudo seguir con tendencia a la
baja por un largo rato, con todos los estragos que ello conlleva, especialmente
para aquellos países cuyas economías dependen de las exportaciones del oro
negro.
Como
consecuencia de esta guerra sobrevino una destorcida de los precios del
petróleo. En un solo día, el 9 de marzo pasado la referencia Brent cayó el
24.1%, situándose en los US $34.36 el barril, el más bajo desde febrero de 2016,
perdiendo el 49.8% desde el 1º de enero de 2020 y el 45% con respecto al precio
promedio de 2019, que fue de US $64 el barril, US $8 menos que el año anterior.
Este bajonazo es el peor en una sola jornada desde la Guerra del Golfo en 1991.
El
experto John Kilduff sostiene que “todavía no hemos visto lo peor de la crisis
de demanda”, la que se ve venir como consecuencia del frenazo de la economía
global, lastrada ahora por el COVID–19.
Por
su parte, James Williams, de WTRG – Economics, advierte que “los riesgos de
recesión son fuertes. Históricamente las recesiones hacen bajar los precios del
petróleo”; ello explica el pesimismo de la AIE, al pronosticar una caída del
precio hasta los US $24 el barril. Este patético cuadro del mercado petrolero
podría considerarse como una especie de cisne negro.
Y la
economía colombiana qué
La
confluencia del COVID-19, el
desplome de los precios del crudo y la incertidumbre que han generado, provocó
la caída de las bolsas en todo el mundo y de paso disparó la cotización del
dólar, atribuible a la correlación inversa del 84% que tiene con el precio del
petróleo y a la huida de las inversiones de portafolio desde los activos de
mayor riesgo (como las acciones y el petróleo),
buscando refugio en el dólar y el oro. El peso colombiano se convirtió en
la moneda más devaluada del planeta ($760, 14.28% hasta marzo 12) después del
rublo ruso, llegando al record histórico de $4.000 por dólar.
Ante
semejante amenaza, el ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla declaró que “la
economía mantiene un grado de solidez lo suficientemente importante como para
soportar estos eventos”; y el viceministro de Hacienda Juan Alberto Londoño se apresuró
a decir que “los fundamentales de la economía están bien”. En ello coincidió el
gerente del Banco de la República Juan José Echavarría, para quien “los
fundamentos de la economía colombiana se mantienen sólidos y permiten absorber
los choques externos descritos sin traumatismos severos sobre la actividad real
y la estabilidad financiera”.
Tales
aseveraciones nos recuerdan la desatentada declaración del ex ministro de
Hacienda Oscar Iván Zuluaga, quien ante los embates de la crisis financiera de
2008 afirmó categóricamente que “el país está blindado contra la crisis”, y ya
sabemos lo que pasó: El crecimiento del PIB en 2008 cayó 5 puntos porcentuales
con respecto al de 2007, al pasar del 7.5% del PIB al 2.5%, al tiempo que la
tasa de inflación cerró el año en el 7.7%, desbordando el rango meta de la
inflación objetivo del Banco de la República que era la horquilla 3.5% – 4.5%.
Por
ello, conviene establecer qué tan “blindada” está la economía colombiana frente
a este choque externo. Empecemos por decir que, aunque el ministro de Hacienda
se vanagloria del magro crecimiento del 3.3% del PIB en 2019, porque supera el
crecimiento tanto de la economía global como el de Latinoamérica, lo cierto es
que venimos de un crecimiento potencial de la economía del 4.8% en 2012 a otro
de 3.5% y, lo que es peor, ya completamos 4 años consecutivos creciendo por
debajo de este crecimiento potencial. Además, la tasa de desempleo supera el
13%, la más alta en los últimos 6 años, y mientras el crecimiento del PIB siga
por debajo del 3.5% se va a seguir destruyendo empleo en lugar de generarlo.
Según
el Banco de la República, el déficit de la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos
viene in crescendo, del 3.3% en 2017
al 3.8% en 2018 y cerró 2019 en 4.39% (US $13.800 millones) y con tendencia a
su agravamiento. El Banco de la República espera un déficit del 4.4% y el Ministerio
de Hacienda un 4.6% para el 2020.
Por
su parte, las exportaciones colombianas no han sabido o no han podido sacarle
partido a la competitividad que se deriva de una tasa de cambio tan competitiva
como la actual. Pese a ello, el monto de las importaciones sigue superando el de
las exportaciones, con el agravante que estas siguen concentradas en los
productos primarios, encabezados por el carbón y el petróleo, superando este
último el 40%.
De
allí la gran vulnerabilidad de la economía colombiana frente a la amenaza
externa que representa la desaceleración del crecimiento de la economía global,
que puede derivar en una recesión.
Recordemos
que la apuesta del ministro Carrasquilla de un crecimiento del PIB el año
anterior del 3.6% no se alcanzó y el registro fue del 3.3%; la proyección para
el 2020 era del 4% y ahora, según el Plan Financiero 2020 se rebajó al 3.7%, tasa
difícil de alcanzar y ahora menos con los negros nubarrones que se ciernen.
En
línea con la intervención que han dispuesto los demás bancos centrales en el
mundo, la Junta Directiva del Banco de la República acaba de tomar varias
medidas. En efecto, le ha salido al paso a la actual coyuntura aumentando el
cupo de endeudamiento de la banca comercial, como prestamista de última
instancia que es, aumentando la disponibilidad de $9 a $17 billones, de los
cuales $12 billones corresponden a repos de deuda pública y $5 billones de
deuda privada, a los cuales podrán acceder mediante subastas.
Complementariamente,
se activaron mecanismos de Forward, a
través de los cuales tanto a bancos como a cambistas se les ofrece la opción de
hacerse a coberturas que les permita protegerse frente a la volatilidad de la
tasa de cambio, producto del nerviosismo y el estrés del mercado. Estas medidas
van en la dirección correcta, pero dada la magnitud del reto que se enfrenta pueden
llegar a ser insuficientes, razón por demás para no bajar la guardia por parte
de la Junta.
El
descalabro fiscal
Ahora
bien, Colombia no siendo un país petrolero su economía y sus finanzas públicas
tienen una enorme dependencia del mismo. Su producción a duras penas representa
el 0.8% de la oferta total en el mundo y no influye para nada en la formación del
precio al cual se cotiza el barril. Es bien sabido que por cada US $10 que baja
el precio del petróleo le resta 0.4 puntos porcentuales al crecimiento del PIB.
Adicionalmente, de acuerdo con el Marco Fiscal de Mediano Plazo (MFMP), por cada dólar que cae el precio del barril la
Nación recibe $217.000 millones menos por concepto de los dividendos que le
gira Ecopetrol y $212.000 millones menos por concepto de renta petrolera,
mientras que las entidades territoriales (departamentos y municipios) dejan de
recibir $80.000 millones por concepto de regalías.
Y,
lo que es peor, con la caída tan dramática de los precios, muchos pozos serán
abandonados a la espera de que repunten las cotizaciones, lo cual se traducirá
en una menor producción, de manera que el impacto en el ingreso de divisas e
ingresos fiscales, como ya sucedió en el pasado, se dará por partida doble,
menores precios y menores volúmenes de exportación. Huelga decir que, por cada
10.000 barriles menos que se exporten se afectan los ingresos en $301.000
millones.
El
Plan Financiero corrigió el precio base del petróleo para sus proyecciones para
2020 previsto en el MFMP y en el Presupuesto General de la Nación (PGN),
bajándolo de US $67.5 a US $60.5 el barril, y después de semejante caída que ha
experimentado, en lo corrido de este año, el precio promedio ha sido de US $56
el barril, para una diferencia de US $4.5 por barril. De ello se sigue que, de
mantenerse esta diferencia en lo que resta del año, los menores ingresos por
este concepto para el Estado serían de $2.45 billones.
Los
malabarismos del ministro Carrasquilla
Llama
poderosamente la atención que el ministro Alberto Carrasquilla, el mismo que
hace alarde de la “solidez” y resiliencia de la economía colombiana frente a
los embates de la crisis, esté abogando por un relajamiento de la Regla Fiscal,
a la cual le ha hurtado el cuerpo recurriendo a trucos y trampas, con prácticas
heterodoxas que le han restado credibilidad a las cifras oficiales de las
finanzas públicas.
A
pesar de sus maniobras, las cuentas no le cuadran a Carrasquilla, como lo
reconoció recientemente. “Este año tenemos la obligación de no gastar con
respecto a lo aprobado por el Congreso; entonces, tenemos una congelación
importante a consecuencia de no contar con los suficientes ingresos,” dijo.
Y
no hay duda, la reforma tributario que disfrazaron de Ley de Financiamiento
primero y Ley de Crecimiento después, les están pasando la cuenta de cobro de
más de $10 billones y ahora quiere terminar de hacer trizas la Regla Fiscal,
que él asume como si fuera una camisa de fuerza que le incomoda.
No
está por demás llamar la atención sobre las consecuencias que podrían derivarse
para las finanzas públicas de una mengua en los ingresos como daño colateral en
la actual coyuntura. Recordemos las aulagas por las que pasó la economía
colombiana cuando los precios del crudo después de alcanzar en junio de 2014 la
cotización US $115.19 el barril de la referencia Brent cayeron en picada hasta
bordear los US $ 27 el barril en enero de 2016.
Así,
Ecopetrol pasó de tener utilidades de $13 billones en 2013 a registrar pérdidas
de $3 billones en 2015, razón por la cual después de haber repartido $5.46
billones en 2015, en el 2016 no sólo no repartió dividendos entre sus
accionistas sino que la Nación debió devolverle a las empresas petroleras, incluida
Ecopetrol, $2.6 billones que había
recibido como anticipo para el pago de impuestos.
En
marzo de 2019, Ecopetrol repartió
dividendos por $11 billones, con precio promedio del crudo en 2018 de US$ $54
el barril, este año con precio promedio en 2019 de US $64 el barril, la Nación
recibió por concepto de dividendos la suma de US $7 billones. En este momento,
la gran incógnita es cómo le irá a Ecopetrol y al resto de la industria
petrolera con la tendencia que muestran los precios del crudo y cuánto
recibirán la Nación por concepto de renta petrolera y dividendos y las regiones
por concepto de regalías, que son los únicos recursos ciertos con los que
cuentan para la inversión.
Tal
perspectiva ha llevado al ministro Carrasquilla a plantear que “la Regla Fiscal
merece una discusión”, la que desde hace rato se encendió por cuenta de sus
desvaríos en el manejo de la política fiscal. Los mayores cuestionamientos que
se le han formulado a esta se han enfocado a los artilugios y artificios a los
que ha apelado Carrasquilla para hacer pasar el gasto corriente por financiación.
De esta manera pasa “por debajo de la línea”, eludiendo así que el mayor gasto
afecte el déficit fiscal y así fingir el cumplimiento de la Regla Fiscal.
Esto
llevó a Guillermo Perry Rubio, uno de los miembros del Consejo Consultivo de la
Regla Fiscal a afirmar que “el recurso a la contabilidad creativa genera incertidumbre y desconfianza y pueden
conducir a rebajas en la calificación de riesgo del país”. Ello llevó al
profesor de la Universidad de los Andes, quien presidía el Grupo Técnico de PIB
potencial, que brinda apoyo al Comité consultivo de la Regla Fiscal, Marc
Hofstetter, a renunciar alegando que “con la forma como se está calculando el
déficit fiscal, la regla fiscal ha perdido credibilidad y se ha vuelto inocua”.
El
economista Michel Janna, presidente del Autoregulador del Mercado de Valores de
Colombia (AMV), sostiene, refiriéndose a la Regla Fiscal, que “la lógica del
diseño actual es que al mantener controlado el déficit, la deuda pública pueda
ir bajando. Pero la realidad es que esa relación se ha roto, entre otros por
cambios en algunas prácticas. Por eso, en vez de depender de esa carambola,
valdría la pena pensar mejor en fijar metas directamente a la relación deuda
pública sobre PIB”.
Luis
Fernando Mejía, director de Fedesarrollo, concuerda con él en que la deuda
pública se debe incorporar explícitamente en la Regla Fiscal, “esto, por cuanto
lo que se ha visto en los últimos años ha sido un aumento constante de la deuda
pública como proporción del PIB, a pesar de la reducción del déficit fiscal”. Y
añade, “habría que revisar la conveniencia de tener también una meta que no sea
solamente de déficit fiscal, sino también de un nivel de deuda que sea
compatible con nuestro nivel de calificación actual”.
La
preocupación en este momento es tanto mayor, habida cuenta de que la
devaluación galopante del peso frente al dólar le pega muy fuerte a la deuda
denominada en dólares, abultándola. Máxime cuando la deuda externa de Colombia
alcanzó, según el Banco de la República, su máximo histórico desde 1995, $138.175
millones, US $73.835 millones de los cuales debe la Nación (22.8% del PIB
estimado para 2019) y 33% del monto total corresponde a la deuda externa. Si la
tasa de cambio actual llegara a perdurar por el resto del año, ello
significaría un incremento de la deuda de 6 puntos porcentuales del PIB.
Según
Carrasquilla, por cada $100 que sube la tasa de cambio se encarece la deuda
externa del Estado colombiano en $1 billón. Si se llegara a mantener el
promedio de la cotización alcanzada hasta la fecha ($3.387), al compararla con
la Tasa Representativa del Mercado (TRM) prevista en el MFMP para el 2020 de
$3.129, la diferencia nos daría $258 por dólar, traduciéndose en un incremento
de la deuda externa de la Nación del orden de $2.5 billones.
Ya
se había dicho en el Plan Financiero del Ministerio de Hacienda que, por cuenta
de los malabarismos del ministro Carrasquilla, la deuda pública, ya de por sí
tan elevada que supera el 50% del PIB, aumentaría 1.5% del PIB más en 2020. A
ello se viene a sumar, según el investigador económico de la Universidad Sergio
Arboleda Luis Fernando Ramírez, el “descalce cambiario, dado que el Gobierno
cobra impuestos en pesos y tiene que pagar deuda en dólares”.
Juan
David Ballén, Jefe de Investigaciones Económicas de Casa de Bolsa, plantea que
“cuando se dan alzas tan fuertes en el dólar y desplomes tan marcados en el
petróleo, para un país como Colombia está sobre la mesa que las firmas
valoradoras de riesgo (como Standard & Poor´s y Fitch) hagan una revisión
de la calificación crediticia. Recordemos que una de estas (S&P) nos tiene
a tan sólo un escalón de perder el grado de inversión”.
Ahora
que la economía colombiana está abocada al efecto combinado de una fuerte
devaluación y a una caída libre del precio del petróleo, está mostrando sus
vulnerabilidades y, lo que es más preocupante, con muy poco margen de maniobra
para responder a los choques externos. Bien dijo el inversor y empresario
estadounidense Warren Buffet, “sólo cuando baja la marea se sabe quien nadaba
desnudo”.
Moraleja
Como lo afirmó la ex secretaria ejecutiva de la
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC),
Christina Figueres, “hay que agradecerles a los hidrocarburos por lo que han
hecho de la economía de Colombia, porque este país no sería lo que hoy es, con
un desarrollo ejemplar en Latinoamérica, si no fuera por la exportación de
carbón y petróleo. Por esta razón no se pueden meter dentro de la cajita de los
diablos y satanizarlos. Sin embargo,
llegó la hora de reconocer que es una actividad que tuvo su momento de sol,
pero hoy ya está en el atardecer y tenemos que prudentemente buscarle
alternativas rápidas ya”.
Se impone, entonces, la necesidad, por enésima vez lo digo, de
impulsar la diversificación de la economía con la transformación productiva como estrategia, volviendo a poner el
foco en el desarrollo industrial y agropecuario, en el entendido que tan importante como la seguridad
energética es la soberanía alimentaria.
Para promover el desarrollo industrial y agropecuario se necesita
financiamiento y la fuente de recursos con la que cuenta el país actualmente
para ello es el sector extractivo, razón suficiente para entender que no se
puede prescindir de él súbitamente. Bien dijo el Foro Económico Mundial (FEM)
que “Colombia hace parte del grupo de países que
debe capitalizar su amplia
disponibilidad de recursos energéticos para que, de manera sostenible, pueda maximizar los retornos de la industria
y apoyar una mayor diversificación de la economía”.
Comparto con el brillante profesor Peter Drucker
que “el mayor riesgo en las épocas de turbulencia es actuar con la lógica de
ayer”. ¡Así de claro!
*Exministro de Minas
y Energía y miembro de Número de la ACCE.